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El viaje en avión, las cartas desprendibles que le regalaron y la pensión en la que pasaron los primeros días era todo lo que recordaba de ese tiempo.

Años después, recordaría la muñeca que dejó.


No recuerdo por que revoleaba yo esa escoba. Pero sé que estaba involucrado alguno de mis hermanos y que era jugando.

El apartamento era pequeño, a diferencia de la casa solariega donde vivía normalmente. Las lámparas colgaban, en vez de estar pegadas al techo, como corresponde a las lámparas decentes. Eran todas de plástico, excepto por las tulipas, que tenían pretensiones y, por lo tanto eran de vidrio. …


El sol me va a terminar matando, necesito encontrar donde guardarme hasta que llegue la noche. De noche podré hacer más distancia.

Mirar al suelo. Siempre al suelo. La luz me ciega no bien alzo la cara, imposible mirar el horizonte sin herirme. Y sin embargo, debo hacerlo cada tanto, para no perderme.La sombra siempre a la izquierda. Hasta que la hora la pone directo bajo mis pies. Usar un punto de referencia entonces, en el horizonte, que tanto duele, para seguir.

La sombra hará su recorrido, agónico, hasta el otro lado. Poco a poco se irá estirando y sabré que, no importa lo que pase, llegará la noche y con ella el alivio.


Sobre los ojos llenos de odio que me hicieron temblar cuando todavía no alcanzaba los picaportes de las puertas, condenándome a soportar tormentas que me trascendían, más viejas que mis raíces y que transportaban la violencia atávica, ejercida impunemente.

Sobre las manos de las madres que aprietan, jalan, empujan, pellizcan y pegan, normalizando la aberración. Marcando a fuego con el signo de la Bestia, las pieles que tienen la obligación de mantenerse inmaculadas, virginales, limpias, disponibles.

Sobre la boca lasciva, que profiere palabras que aplastan, muelen y arrasan con todo a su paso. Que condenan sin misericordia. …


Desayunamos juntas y nos pusimos al día de los últimos 40 años.

Tragedias contadas a las apuradas, que el café se enfría y el trabajo espera.

Conversación delicada, caminando por las piedras. Cualquier cosa menos arruinar con una tristeza ese encuentro frágil. Te quise feliz y te dejé melancólica.

Olvidé preguntar por tu hijo. Olvidé incluirlo en las enumeraciones. Olvidé que de su afán de desaparecer había salido victorioso con todos, menos contigo.

Un abrazo y adiós. Ya tendremos tiempo de comentar tantas cosas pendientes. De perdonarnos, de pedirnos perdón. De preocuparnos por los achaques, de mostrar que nos importamos.

Y mira, no.

La muerte, siempre inoportuna, interrumpió lo que construíamos con tanto mimo. Dejó todo a medio andar: los deseos de año nuevo, el relato de los planes, las expresiones de apoyo “de tu tía que te quiere”.

Aquel café, frío al fin, era lo único que tendríamos.


Hoy todo pesa y duele

Tengo un aguejo en el pecho que no encuentro como llenar

No sé lo que me pasa, y no sé si quiero saber

No sé si me oyes, o me lees

igual te dejo el mensaje: Me perdí y necesito que me encuentres


Mucho ha experimentado el hombre, a muchos de los celestes ha nombrado desde que somos una conversación y podemos oír unos de otros.

Hölderlin

La frase de Hölderlin es hermosa y exacta. Fuimos humanos el día que nos reunimos alrededor del fuego y empezamos a contarles a los demás lo que nos había pasado en el día. Posiblemente (para la época) el uro que habíamos cazado o el dientes de sable que evitamos que nos comiera.

“Somos seres sociales” sería la versión aséptica de la misma frase, pero a costa de la dimensión espiritual. Y no es una pérdida pequeña…


Hoy la muerte volvió a hablar fuerte.

A mi edad ya aprendí que las peores noticias llegan, sin aviso, un jueves cualquiera a las 10 de la mañana. No hay vacuna posible. No hay vida planificada ni previsiones que tomar para que esas llamadas nunca lleguen.

Quedé aturdida. Por varias horas tuve la sensación de que nada tenía sentido. ¿para qué tanta lucha?¿para quién rescatamos lo rescatable? Hoy una madre enterrará a su hijo y a su nieta. Una más, entre muchas madres.

En medio del luto, otro.

Hoy sigo haciendo lo de siempre. Tecleo y lleno de palabras hojas…


Era la tarde del 10 de septiembre de 1973 y mis padres, mi hermana y yo íbamos de regreso a casa. Ellos venían de su trabajo y nosotras, de un año ella y 3 años yo, de la guardería. Eran tiempos peligrosos, la gente había empezado a desaparecer y la democracia empezaba a hacer agua por varios puntos. Los uniformados ya eran sinónimos de peligro, la policía de la ciudad en particular. Se organizaba el país para una dictadura que, poco después, se instalaría ufana e impune.

Un vehículo negro, sin ningún distintivo, bloqueó el taxi que nos llevaba para…


Amanecía y ya no estaban. Sus departamentos solían permanecer desocupados un tiempo, mientras pasaba la maldición que los marcaba. Luego llegaban vecinos nuevos a los que nadie les hablaba de los ocupantes anteriores. Toda la comunidad jugando el mismo juego en un acuerdo tácito.

En aquella época era de mal gusto hablar de las personas que, de súbito, dejaban todas sus pertenencias y no volvían más al trabajo. Así que las personas desaparecían y días después alguien venía a vaciar sus departamentos y semanas después vecinos nuevos aparecían, tratando de ser buenos vecinos, de no levantar más comentarios que los…

E Cazes

La realidad está en el ojo que mira

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