No recuerdo por que revoleaba yo esa escoba. Pero sé que estaba involucrado alguno de mis hermanos y que era jugando.
El apartamento era pequeño, a diferencia de la casa solariega donde vivía normalmente. Las lámparas colgaban, en vez de estar pegadas al techo, como corresponde a las lámparas decentes. Eran todas de plástico, excepto por las tulipas, que tenían pretensiones y, por lo tanto eran de vidrio. Y yo estaba en la edad en que el cuerpo deja de tener talla conocida, para convertirse en ese esperpento que se desproporcionaba, se alargaba a su bola y me condenaba a llevarme los filos de las mesas y los bordes de las puertas.
Fue un evento ese escobazo. En una casa donde los niños tenían la demanda de ser invisibles, no hacerse oír y no tener necesidades. Mi padrastro hizo de eso una efemérides que se celebraba cada año, sin faltar ninguno. Ni siquiera el pago de la pieza con los ahorros de un año de mi mesada, que había logrado reunir para comprarme alguna cosa que ya no recuerdo, y que nunca tuve.
Hoy, cuarenta años después, la lámpara esa sigue colgando sobre mi cabeza, ominosa. Hoy le voy a dar otra vez. Esta vez con ganas, y con un palo de tumbar piñatas.