El día que me tocó el turno de pagar tributo en la puerta de despedidas de Maiquetía estaba preparada.
El primero — Me repetí como un mantra — y luego todos los demás. Como si la idea de más despedidas diluyera ésta.
Costó tiempo, esfuerzos, dinero, llantos y frustraciones. Pero ya estábamos ahí. La novia, los hermanos, el padre (bajo protesta, y luego de haber intentado sabotearlo por todos lados) y yo. Todos los que pudimos viajar y posponer el adiós final hasta el último minuto. El resto de la familia se tuvo que conformar con una separación más temprana.
El aeropuerto es feo, inseguro, no hay enchufes, ni donde sentarse. Hay que llegar muy temprano para reducir los imponderables al mínimo. Así que irse del país es sufrir de Patria hasta el último minuto.
Él estaba nervioso. Viajaba solo por primera vez y era muy obvio. Yo iba preparada con copias y originales adicionales para todo lo que se me ocurrió. Ensayamos, nos aconsejamos con todas las personas con algo de criterio/experiencia para sortear lo mejor posible las posibles trabas de los funcionarios del aeropuerto, la guardia, o cualquier cosa con uniforme en un país en el que llevarlo es una patente de corso. Junto a nosotros, en las filas, familias enteras en los mismos trances.
Y al final, llegó el momento. “Te amo hijo. Se feliz”. Lo vi abrazar a todos, y ser engullido por esas malditas puertas negras, que impiden ver la cola de revisión y de aduanas por puro capricho de algún funcionario que siente amenaza en las transparencias. Como si el gobierno se empeñara en hacernos las vidas lo más desgraciadas posible hasta en los detalles.
Grupos familiares que llevábamos horas viendo se dividían en dos: los que se van, y los que se quedan. Bebes que cambian de brazos, ancianas que se resignan a la silla de ruedas y entregan sus bastones. Los adioses y los abrazos apretados y contenidos, para que los que se van no se lleven un rostro mocoso como última imagen. Y luego las puertas esas de mierda.
No bien se cierran, y los viajeros empiezan su sucesión de filas, y sellos, del lado de acá, se acaban las contenciones. Las madres empiezan a llorar con un desconsuelo idéntico, no importa si lo que despiden son hijos o nietos. Los amigos y los hermanos serios y más formales. Nadie tiene nada que decir.
Los que nos quedamos, ahora disminuidos y aturdidos, esperamos. Nos quedamos un rato alrededor de esos marcos metálicos , siguiendo el progreso de las filas, en cada parpadeo de las hojas negras que se van tragado a todos. Yo encontré un rincón con un buen ángulo que me permitía ver casi toda la linea, y defendí mi puesto a fuerza de no moverme. Fue fácil seguir su avance. Mi niño le saca media cabeza a la mayoría de las personas, y tiene un caminar pausado. Entre seguirlo a él, esquivar al grupo de personas que empujaban y se movían tratando de hacer lo mismo que yo, y mi hija mas pequeña que acababa de hacer un nuevo “mejor amigo” y le contaba hasta lo que había desayunado, transcurrió el último tramo de la despedida. Finalmente pasó inmigración y llego la confirmación: “Ya estoy afuera, voy a la puerta de embarque”
La gente se fue despejando, con rumbo a la salida. Me quedé un instante encajando el golpe. Y la vi.
O la volví a ver, sólo que antes era una en un grupo grande de personas, una joven entre sus padres, sus abuelos y sus hermanos. Caminando el aeropuerto con cautela, cargando un niño, conversando.
Quedó ella sola parada, de mi lado de las cintas, con las puertas de frente. Lloraba en silencio, y sin moverse, y lloraba a raudales. La miré largo rato, todo el que me permitieron. Era la imagen de la desolación, en esa soledad y mansedumbre. Todos se habían ido, y ella miraba con obstinación el negro. No hizo ningún ademán, no emitió ningún sonido.
La dejé llorando sus lágrimas, y las mías.